César di Candia
Como si hubiera sido poco el sunami de elogios, devociones, enaltecimientos, glorificaciones, exaltaciones y honras que se desplomó con absoluta justicia sobre el país como consecuencia de la actuación de Uruguay en el Mundial de Sudáfrica, el editor de Fin de Siglo, Edmundo Canalda, un experto en pisar granito y sacarle jugo, ha pedido a algunos amigos que elaboren sobre el hecho un libro colectivo. Un soneto me manda hacer Violante/ Y en mi vida me he visto en tal aprieto, escribió al comienzo de un memorable soneto Lope de Vega hace más o menos 400 años. Pero ocurre que Canalda podrá ser Violante (dicho esto sin ánimo ofensivo, porque más allá de otras connotaciones, es nombre femenino) pero ninguno de nosotros se asemeja a quien fue llamado con justicia Fénix de los Ingenios ni mucho menos tiene sus aptitudes para versificar. “Les pido impresiones personales y diferentes, lo que nadie haya dicho”, insistió el conocido héroe de mil batallas editoriales dirigiéndose a sus esforzados lugartenientes. Por supuesto, no abundó en detalles con respecto a qué era lo diferente acerca de lo cual se podía escribir, pero así son las reglas del juego: los editores tienen ideas que son impenetrables como chiquizuelas, pero el caracú lo deben producir quienes tienen que interpretarlas.Voy a escribir con miedo, porque no existe opinión humana –ni siquiera la política– en la que triunfe la irracionalidad con mayor fuerza y desenfado que aquella que se deposita en el fútbol. En estrecha colaboración con el fanatismo, que es su hermano mellizo, esa irracionalidad de la que nadie escapa, erige falsos altares, quema incienso en las efigies de algunos jugadores, eleva instituciones a un estado de absoluta purificación, hunde árbitros, condena actuaciones, imagina fueras de juego, denuncia venalidades, inventa penales jamás cometidos, transforma lo que no es más que un juego colectivo en una suerte de acontecimiento tan sagrado e intocable como la propia dignidad de la patria.
Para que no existan dudas ni dudosos, voy a plantear una tesis que seguramente acumulará sobre las espaldas de su autor, y del editor que tuvo el coraje de publicarla, más detractores que los que ambos son capaces de imaginar: lo obtenido por la Selección nacional en Sudáfrica configura el mayor esfuerzo deportivo en la historia de nuestro fútbol. Sé que voy a decepcionar las teorías conspirativas de algunos periodistas que insisten en denunciar que la FIFA, como una suerte de CIA del fútbol, encabeza una oscura maquinación mundial contra Uruguay, pero me veo obligado a resaltar que desde muchos años atrás, y sin que se haya tenido que pasar por encima de confabulaciones, una Selección nacional no demostraba tanto denuedo ni proporcionaba al país tanta alegría.
Muy a mi pesar, tengo que apoyarme en las matemáticas, viejo abrojo liceal, para fundamentar esta posición, y a esos efectos invito a un repaso de las cifras. Para alcanzar el cuarto puesto en este Mundial, el ferrocarril de Uruguay tuvo que recorrer un largo camino que pasó por veintisiete estaciones: dieciocho de las Eliminatorias, dos del repechaje, tres de la serie y cuatro de las etapas definitorias. Veo venir las objeciones y las atajo: antes de eso hubo cuatro mundiales, incluyendo los olímpicos en los que salimos campeones. Es muy cierto y nos dimos la mano con la Gloria. Pero sigamos fielmente las cifras. Para ser campeón amateur en Colombes 1924, Uruguay disputó cinco partidos (Yugoleslavia 7 a 0, Estados Unidos 3 a 0, Francia 5 a 1, Holanda 2 a 1 y Suiza 3 a 0). Para ganar los laureles del fútbol olímpico en Ámsterdam 1928, nuestra Selección jugó otros cinco (Holanda 2 a 0, Alemania 4 a 1, Italia 3 a 2, Argentina 1 a 1 y en una segunda definición con este país, 2 a 1). Para ser el primer Campeón Mundial profesional en Montevideo 1930, Uruguay jugó cuatro (Rumania 4 a 0, Perú 1 a 0, Yugoeslavia 6 a 1 y Argentina 4 a 2). No hubo Eliminatorias para Uruguay, país organizador. Para ganar el Mundial de Brasil en 1950, la celeste tuvo solamente cuatro escollos: Bolivia 8 a 0, España 2 a 2, Suecia 3 a 2 y Brasil 2 a 1. No se realizaron Eliminatorias previas. Todos los equipos fueron invitados. ¿Qué se puede concluir de todo esto, de acuerdo a esa vieja antipática llamada aritmética? Que en esos cuatro campeonatos, Uruguay jugó EN TOTAL dieciocho partidos contra veintisiete del Mundial 2010. Es cierto que en los ya mencionados Uruguay salió campeón, que no es chica cosa, pero si se nos lee bien, se verá que no estamos hablando de logros sino de esfuerzos y es necesario recordar, repetir y tener muy en cuenta que para alcanzar el cuarto puesto en Sudáfrica, la Selección nacional tuvo que disputar nueve partidos más que en los otros cuatro campeonatos JUNTOS. Mi profunda enemistad con los números no me impide agregar que en 1930 participaron 13 países, que en 1950 eran 16 pero en la serie de Uruguay desertaron dos y uno más en otra serie y quedaron 13. Que en 1982 ya pasaron a 24 y que ahora son 32, duplicando las dificultades para llegar hasta los tramos finales.