sábado, 24 de julio de 2010

Al mestro con cariño (del libro Estallido Celeste)

César di Candia

Como si hubiera sido poco el sunami de elogios, devociones, enaltecimientos, glorificaciones, exaltaciones y honras que se desplomó con absoluta justicia sobre el país como consecuencia de la actuación de Uruguay en el Mundial de Sudáfrica, el editor de Fin de Siglo, Edmundo Canalda, un experto en pisar granito y sacarle jugo, ha pedido a algunos amigos que elaboren sobre el hecho un libro colectivo. Un soneto me manda hacer Violante/ Y en mi vida me he visto en tal aprieto, escribió al comienzo de un memorable soneto Lope de Vega hace más o menos 400 años. Pero ocurre que Canalda podrá ser Violante (dicho esto sin ánimo ofensivo, porque más allá de otras connotaciones, es nombre femenino) pero ninguno de nosotros se asemeja a quien fue llamado con justicia Fénix de los Ingenios ni mucho menos tiene sus aptitudes para versificar. “Les pido impresiones personales y diferentes, lo que nadie haya dicho”, insistió el conocido héroe de mil batallas editoriales dirigiéndose a sus esforzados lugartenientes. Por supuesto, no abundó en detalles con respecto a qué era lo diferente acerca de lo cual se podía escribir, pero así son las reglas del juego: los editores tienen ideas que son impenetrables como chiquizuelas, pero el caracú lo deben producir quienes tienen que interpretarlas.

Voy a escribir con miedo, porque no existe opinión humana –ni siquiera la política– en la que triunfe la irracionalidad con mayor fuerza y desenfado que aquella que se deposita en el fútbol. En estrecha colaboración con el fanatismo, que es su hermano mellizo, esa irracionalidad de la que nadie escapa, erige falsos altares, quema incienso en las efigies de algunos jugadores, eleva instituciones a un estado de absoluta purificación, hunde árbitros, condena actuaciones, imagina fueras de juego, denuncia venalidades, inventa penales jamás cometidos, transforma lo que no es más que un juego colectivo en una suerte de acontecimiento tan sagrado e intocable como la propia dignidad de la patria.

Para que no existan dudas ni dudosos, voy a plantear una tesis que seguramente acumulará sobre las espaldas de su autor, y del editor que tuvo el coraje de publicarla, más detractores que los que ambos son capaces de imaginar: lo obtenido por la Selección nacional en Sudáfrica configura el mayor esfuerzo deportivo en la historia de nuestro fútbol. Sé que voy a decepcionar las teorías conspirativas de algunos periodistas que insisten en denunciar que la FIFA, como una suerte de CIA del fútbol, encabeza una oscura maquinación mundial contra Uruguay, pero me veo obligado a resaltar que desde muchos años atrás, y sin que se haya tenido que pasar por encima de confabulaciones, una Selección nacional no demostraba tanto denuedo ni proporcionaba al país tanta alegría.

Muy a mi pesar, tengo que apoyarme en las matemáticas, viejo abrojo liceal, para fundamentar esta posición, y a esos efectos invito a un repaso de las cifras. Para alcanzar el cuarto puesto en este Mundial, el ferrocarril de Uruguay tuvo que recorrer un largo camino que pasó por veintisiete estaciones: dieciocho de las Eliminatorias, dos del repechaje, tres de la serie y cuatro de las etapas definitorias. Veo venir las objeciones y las atajo: antes de eso hubo cuatro mundiales, incluyendo los olímpicos en los que salimos campeones. Es muy cierto y nos dimos la mano con la Gloria. Pero sigamos fielmente las cifras. Para ser campeón amateur en Colombes 1924, Uruguay disputó cinco partidos (Yugoleslavia 7 a 0, Estados Unidos 3 a 0, Francia 5 a 1, Holanda 2 a 1 y Suiza 3 a 0). Para ganar los laureles del fútbol olímpico en Ámsterdam 1928, nuestra Selección jugó otros cinco (Holanda 2 a 0, Alemania 4 a 1, Italia 3 a 2, Argentina 1 a 1 y en una segunda definición con este país, 2 a 1). Para ser el primer Campeón Mundial profesional en Montevideo 1930, Uruguay jugó cuatro (Rumania 4 a 0, Perú 1 a 0, Yugoeslavia 6 a 1 y Argentina 4 a 2). No hubo Eliminatorias para Uruguay, país organizador. Para ganar el Mundial de Brasil en 1950, la celeste tuvo solamente cuatro escollos: Bolivia 8 a 0, España 2 a 2, Suecia 3 a 2 y Brasil 2 a 1. No se realizaron Eliminatorias previas. Todos los equipos fueron invitados. ¿Qué se puede concluir de todo esto, de acuerdo a esa vieja antipática llamada aritmética? Que en esos cuatro campeonatos, Uruguay jugó EN TOTAL dieciocho partidos contra veintisiete del Mundial 2010. Es cierto que en los ya mencionados Uruguay salió campeón, que no es chica cosa, pero si se nos lee bien, se verá que no estamos hablando de logros sino de esfuerzos y es necesario recordar, repetir y tener muy en cuenta que para alcanzar el cuarto puesto en Sudáfrica, la Selección nacional tuvo que disputar nueve partidos más que en los otros cuatro campeonatos JUNTOS. Mi profunda enemistad con los números no me impide agregar que en 1930 participaron 13 países, que en 1950 eran 16 pero en la serie de Uruguay desertaron dos y uno más en otra serie y quedaron 13. Que en 1982 ya pasaron a 24 y que ahora son 32, duplicando las dificultades para llegar hasta los tramos finales.

Al maestro con cariño (Parte II)


Lo más importante que se debe recalcar en este momento es que, como nunca, el rol del entrenador Washington Tabárez resultó fundamental. No solamente por la elección del plantel y por la forma en que planificó cada partido, sino por haber constituido, a su imagen, un núcleo de jugadores capaces de conducirse bien, vestirse correctamente, cantar el Himno con verdadera emoción, ser partícipes de un gran sentido de la responsabilidad, demostrar solidaridad en el juego y amistad en las concentraciones, tener la suficiente dignidad como para aceptar las derrotas sin enojos, conducirse con hidalguía para felicitar a sus vencedores y con inteligencia para entender que pasión no debe ser sinónimo de violencia.

En la historia de la Asociación Uruguaya de Fútbol, los traspiés, los ridículos, los grotescos organizativos, los papelones y el desorden han sido tantos que a uno le parecía que la cordura se había marchado para no regresar jamás. Tengo suficientes años como para recordar algunos de estos tropezones, por llamarlos de algún modo. En un Sudamericano extraordinario efectuado en Chile en 1945, dos excepcionales jugadores titulares del seleccionado celeste elegidos sin tener en cuenta sus hábitos privados, el marcador de punta de Nacional, General Viana, y el volante de Defensor, Raúl Sarro, se escaparon de la concentración y en estado de absoluta beodez defecaron en la base de la estatua del profesor Diego Barros Arana, ex rector de la Universidad, ubicada en el mismo centro de Santiago, y tuvieron que ser enviados de vuelta a Montevideo. En el Mundial del 50, los jugadores no se hablaban con el defensa central Matías González porque éste había sido carnero en la huelga de jugadores de fútbol del año 48. Tuvo que reunirlos el capitán Obdulio Varela en un boliche de Rio (ver entrevista al Negro Jefe en Búsqueda, 19 de noviembre de 1987) y arengarlos severamente para que cesaran las hostilidades. De paso, nos enteramos también de que en pleno apronte para el Mundial los seleccionados acudían libremente a beber a los lugares donde se despachaba caña blanca. “Al principio nadie le daba bola a la disciplina” –declaró Obdulio en esa oportunidad–. “Parecía que íbamos a una fiesta. Muchos no tenían buena preparación física. Cuando bajamos del avión en Rio, el Cato Tejera estaba tan gordo que parecía el presidente”. También me contó a las risas que debajo de las camas escondían botellas de cerveza, latas de sardinas y pan. Convendría agregar, para subrayar el triste papel de la AUF, incapaz de controlar esos excesos, que antes del partido final con Brasil se vinieron de regreso a Montevideo dos dirigentes “para no pasar vergüenza”, que luego del más fantástico triunfo mundialista que se recuerde, los dirigentes se autootorgaron medallas de oro (incluso para los que habían huido) y les dieron a los jugadores que habían ganado un premio en metálico, votado para beneficio de los triunfadores, que recién fue entregado en 1970, veinte años después.

En el Mundial siguiente, disputado en 1954 en Suiza, el centro delantero Óscar Omar Míguez, aquel fenómeno que hacía goles “de rabona”, no jugó el famoso partido contra Hungría porque estaba sancionado por una falta grave de disciplina que nunca trascendió, aunque hubo rumores de todo tipo. En la misma entrevista Obdulio Varela, testigo de primera mano, contó que los habían echado a todos del primer hotel en el que habían sido alojados, que estaba en Ginebra, sobre un lago. ¿Las causas? “Imagínese… Los muchachos tenían ganas de comer y buscaban cualquier cosa… De comer pero no comida” (se ríe). Después fueron enviados a otro hotel llamado Thun, de menor categoría. “Allí había que subir tres pisos sin ascensor. Los dirigentes desaparecieron, no les vimos más las caras. Fíjese cómo serían las cosas que el presidente de la delegación que era Tróccoli, quiso jugar en una práctica de centro delantero” (se ríe). Hubo más cosas. Tampoco el volante por derecha de Nacional, Javier Ambrois, era un prodigio de conducta: “Era un loco bravo. Si sería difícil que un día agarró un auto del hotel y se fue hasta Berna”. Interpreto que agarrar es un eufemismo de robar.

Al maestro con cariño (Parte III)

Luego de la frustración del 58, una eliminatoria terrible donde la Selección conoció goleadas, tuve oportunidad de asistir al Mundial 62, sobre el cual envié notas para la revista Repórter y pude vivir el caos de cerca. No voy a referirme a la mala educación y los desplantes de algunos jugadores, felizmente pocos, que parecían enojados con el resto de la humanidad, porque hubo un hecho absolutamente insólito que desplazó la presencia de los malhumorados. Cuando los dirigentes se abocaron a la tarea de designar el técnico y como la falta de grandeza se pasea de un lado al otro, el delegado de Peñarol vetó a Scarone, entrenador de Nacional, y el de este club vetó a Hugo Bagnulo, técnico de Peñarol. Ante ese problema insoluble, se decidió que quienes dirigieran a la Selección fueran los dos y para que no hubiera problemas se designó a un tercero, Juan López, legendario técnico de la Selección del 50. (“Juan se quedó un poco dormido… era un muchacho buenísimo… Sus instrucciones fueron: bueno muchachos, un huevo en cada zapato y todos para adelante”, me contó Obdulio Varela en el reportaje antes citado). El hecho concreto e indesmentible fue que para dirigir esa Selección, hubo tres técnicos, que obviamente en muchas circunstancias, incluso la de la integración del equipo, diferían entre sí. En una oportunidad antes de un partido importante, no recuerdo cuál, los técnicos reunieron a los jugadores y le preguntaron uno a uno cómo creían que se debía jugar. Cada cual dio su opinión, criteriosa o no. Cuando llegaron a Luis Cubilla la respuesta de éste fue: “Yo no opino, opinen ustedes que para eso les pagan”. Lo presencié, nadie me lo contó. Fue una grosería, pero tenía razón.

En Inglaterra 66, todos nos enteramos, al regreso del periodista enviado por nuestro diario, que era Jorge Bazzani, de los problemas personales entre José Sasía y el técnico Ondino Viera.

La historia se alarga tanto que no cabe en los miserables 15.000 caracteres escritos al galope que me marcó como límite el editor. Se podrían mencionar al pasar los problemas de Luis Cubilla ahora como técnico con aquellos que jugaban en Europa, mal llamados “repatriados”, que respondían a Paco Casal y se negaron a integrar la Selección; o los que tuvo Víctor Púa, a quien algunos de sus jugadores concentrados en un hotel de Punta Ballena le pedían para ir a pescar y demoraban horas en volver, porque había buen pique entre sábanas ajenas.

Volvamos al comienzo. No me interesa destruir los mitos ni menospreciar las grandes alegrías, que por cierto ayudan a vivir a los pueblos. Yo tenía 20 años cuando los festejos del 50 y desfilé horas por 18 de Julio tomado del brazo de cualquier desconocido mientras cantábamos “De punta, de taco, le ganamos a los macacos”, dando al mismo tiempo una suerte de pataditas hacia delante y otra hacia atrás que a nosotros nos parecían graciosas y seguramente eran grotescas.

Pero festejar no quiere decir sumarse a quienes han alimentado desde Maracaná un culto a las omisiones y a las distracciones. En el Campeonato Mundial de Brasil, el máximo lauro de nuestro país en toda su historia deportiva, no participaron la URSS ni Francia ni Alemania ni Checoeslovaquia ni Holanda, privadas de su gente joven por una guerra que llevaba apenas cinco años de concluida y que había causado 50 millones de muertos, 40 millones de ellos por lo menos solamente entre la URSS y Alemania. Y por motivos políticos, tampoco participó Argentina, la gran favorita de la crítica especializada. Tampoco debería soslayarse algo que habitualmente se olvida: que en Uruguay no pudo ser citado Walter Gómez, el mejor jugador que quien esto escribe vio en su vida, porque en ese momento jugaba en otro país y la reglamentación no lo permitía. Pero no puedo menos de recordar que en una entrevista que le hice (Búsqueda, 19 de noviembre de 1987), Obdulio Varela volvió a decir que se había ganado de casualidad y que de cien partidos ganábamos uno, y que a la pregunta “¿Alguno de ustedes creía que se podía ganar a Brasil?”, contestó: “Ninguno de nosotros creía nada”.

Nadie calculó ahora, en 2010, el desborde de agradecimiento de la gente, integrando el mayor despliegue humano que se recuerde en el país, y que fue como la contracara de la poca confianza que se le tenía al equipo. Porque exactamente en eso consistió el estallido de alegría. Se habían sucedido dos generaciones, tal vez tres, acostumbradas al fracaso, resignadas a las derrotas, soñando con los ecos victoriosos sí pero ya medio deteriorados, que les eran transmitidos por sus padres y sus abuelos. Escuché en un canal argentino, dicho con evidente sorna, que el pueblo uruguayo se había lanzado a la calle como nunca en su vida a festejar un cuarto puesto. Entendieron mal. Lo que se festejó con estruendo el día del regreso de los muchachos fue una auténtica resurrección. Después de cuarenta años de muerte aparente, de frustraciones, de permanecer en estado cataléptico exudando apenas viejas glorias, la Selección celeste resucitó. Por eso, aunque a todos haya parecido contradictorio, es lógico que los festejos de los españoles campeones fueran menores. Ellos apenas habían nacido. Nosotros, en cambio, habíamos resucitado.