Lo más importante que se debe recalcar en este momento es que, como nunca, el rol del entrenador Washington Tabárez resultó fundamental. No solamente por la elección del plantel y por la forma en que planificó cada partido, sino por haber constituido, a su imagen, un núcleo de jugadores capaces de conducirse bien, vestirse correctamente, cantar el Himno con verdadera emoción, ser partícipes de un gran sentido de la responsabilidad, demostrar solidaridad en el juego y amistad en las concentraciones, tener la suficiente dignidad como para aceptar las derrotas sin enojos, conducirse con hidalguía para felicitar a sus vencedores y con inteligencia para entender que pasión no debe ser sinónimo de violencia.
En la historia de la Asociación Uruguaya de Fútbol, los traspiés, los ridículos, los grotescos organizativos, los papelones y el desorden han sido tantos que a uno le parecía que la cordura se había marchado para no regresar jamás. Tengo suficientes años como para recordar algunos de estos tropezones, por llamarlos de algún modo. En un Sudamericano extraordinario efectuado en Chile en 1945, dos excepcionales jugadores titulares del seleccionado celeste elegidos sin tener en cuenta sus hábitos privados, el marcador de punta de Nacional, General Viana, y el volante de Defensor, Raúl Sarro, se escaparon de la concentración y en estado de absoluta beodez defecaron en la base de la estatua del profesor Diego Barros Arana, ex rector de la Universidad, ubicada en el mismo centro de Santiago, y tuvieron que ser enviados de vuelta a Montevideo. En el Mundial del 50, los jugadores no se hablaban con el defensa central Matías González porque éste había sido carnero en la huelga de jugadores de fútbol del año 48. Tuvo que reunirlos el capitán Obdulio Varela en un boliche de Rio (ver entrevista al Negro Jefe en Búsqueda, 19 de noviembre de 1987) y arengarlos severamente para que cesaran las hostilidades. De paso, nos enteramos también de que en pleno apronte para el Mundial los seleccionados acudían libremente a beber a los lugares donde se despachaba caña blanca. “Al principio nadie le daba bola a la disciplina” –declaró Obdulio en esa oportunidad–. “Parecía que íbamos a una fiesta. Muchos no tenían buena preparación física. Cuando bajamos del avión en Rio, el Cato Tejera estaba tan gordo que parecía el presidente”. También me contó a las risas que debajo de las camas escondían botellas de cerveza, latas de sardinas y pan. Convendría agregar, para subrayar el triste papel de la AUF, incapaz de controlar esos excesos, que antes del partido final con Brasil se vinieron de regreso a Montevideo dos dirigentes “para no pasar vergüenza”, que luego del más fantástico triunfo mundialista que se recuerde, los dirigentes se autootorgaron medallas de oro (incluso para los que habían huido) y les dieron a los jugadores que habían ganado un premio en metálico, votado para beneficio de los triunfadores, que recién fue entregado en 1970, veinte años después.
En el Mundial siguiente, disputado en 1954 en Suiza, el centro delantero Óscar Omar Míguez, aquel fenómeno que hacía goles “de rabona”, no jugó el famoso partido contra Hungría porque estaba sancionado por una falta grave de disciplina que nunca trascendió, aunque hubo rumores de todo tipo. En la misma entrevista Obdulio Varela, testigo de primera mano, contó que los habían echado a todos del primer hotel en el que habían sido alojados, que estaba en Ginebra, sobre un lago. ¿Las causas? “Imagínese… Los muchachos tenían ganas de comer y buscaban cualquier cosa… De comer pero no comida” (se ríe). Después fueron enviados a otro hotel llamado Thun, de menor categoría. “Allí había que subir tres pisos sin ascensor. Los dirigentes desaparecieron, no les vimos más las caras. Fíjese cómo serían las cosas que el presidente de la delegación que era Tróccoli, quiso jugar en una práctica de centro delantero” (se ríe). Hubo más cosas. Tampoco el volante por derecha de Nacional, Javier Ambrois, era un prodigio de conducta: “Era un loco bravo. Si sería difícil que un día agarró un auto del hotel y se fue hasta Berna”. Interpreto que agarrar es un eufemismo de robar.
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