martes, 10 de agosto de 2010


Tropezones y porrazos, de acuerdo al propio autor, “continúa la tónica mostrada por su predecesor y hermano de leche Resbalones y caídas .... [y] persigue el mismo fin”. Por lo tanto, aparecen acá más de 200 episodios extraños, cómicos, dramáticos... protagonizados por personas más o menos conocidas que confirman o contradicen o complementan las imágenes que de ellas tenemos, ofreciendo al mismo tiempo una idea del país de ese momento. Las características de los sucesos seleccionados, su variedad, y la forma inesperada con que se imponen al lector brindan al libro un atractivo que incluye solaz, diversión, asombro, admiración, rechazo, desprecio.

César di Candia


César di Candia Nació en Florida, Uruguay, el 24 de octubre de 1929 aunque por propia decisión optó por La Paloma, en Rocha. Periodista y escritor, ingresó al diario El país en 1954, dirigió la revista humorística Lunes y volvió a ese género con El Dedo y Guambia. Trabajó con diferentes grados de responsabilidad en Repórter, Hechos, La Mañana y Marcha. En el semanario Búsqueda publicó sus célebres reportajes especiales durante quince años. En 1999 vuelve a El País realizando investigaciones que se publican los sábados. Ha hecho del género periodístico un estilo literario: Ni muerte ni derrota (1987, reeditado en el 2006), El viento nuestro de cada día (1989), Los años del odio (1993), La generación encorsetada (1994), Grandes entrevistas uruguayas (Recopilador, 2000), Sólo cuando sucumba (2003), Tiempos de tolerancia, tiempos de ira (2005). Vuelve a escribir para Búsqueda en una sección de viñetas bajo el título Fantasmas del pasado, perfumes de ayer, editadas en forma de libro en 2006. Ha incursionado en cuentos y, como novelista, con El país del deja, deja (1996), Resucitar no es gran cosa (1997) y Concierto para doble discurso y orquesta (2003). Rindió homenaje a su pueblo adoptivo en un libro editado en 2004, La Paloma, y a la costa uruguaya con Pequeño mundo en 2007. La exuberante recopilación de material que reunió para Resbalones y caídas, un siglo de política uruguaya (junio 2009) le permite esta segunda entrega: Resbalones y porrazos.

lunes, 9 de agosto de 2010

Fragmento del libro


Himno Nacional: ¿ópera o murga?

La ejecución del Himno Nacional en ritmo de murga, que asombró a la gente el último día que jugó Uruguay por las eliminatorias para el Mundial de Fútbol, trae al presente otros avatares de la más representativa música nacional, vividos a través de los años. De acuerdo a una prestigiosa revista que salía al comienzo del siglo pasado (*), nuestro himno no tuvo un parto fácil. Ocho años después de la declaratoria de la independencia, el país seguía sin tener una música que lo identificara. Según Isidoro de María (**) hubo una primera, compuesta por un señor Barros y ejecutada con gran pompa en 1833 en el teatro San Felipe, que no le gustó a nadie. Luego se probaron tres partituras más de los profesores Smolzi, Sáenz y Casalli, con igual efecto negativo. En 1845 se organizó un gran certamen musical, y tres años después, con las firmas de Joaquín Suárez y Manuel Herrera y Obes, se declaró oficial la música compuesta por Fernando Quijano, un guitarrista aficionado, que fue orquestada por Debali. En 1900, la revista de referencia denunció que «toda la introducción» (no el resto) había sido plagiada de una ópera poco conocida del compositor Gaetano Donizetti llamada Lucrecia Borgia, más específicamente de una parte a la que el maestro italiano denominó «Coro de Gondoleros». Quien escribe estas notas escuchó la obra una sola vez en el SODRE y da fe de que es idéntica. No hay datos de que la radio oficial la haya vuelto a pasar, ni siquiera de que conserve la grabación, pero no ha de ser tan difícil conseguirla y comprobar.


(*) Rojo y Blanco, número 7,
Ed. Dornaleche y Reyes, 29 de julio de 1900.
(**) Isidoro de María, Montevideo antiguo,
Ed. Biblioteca Artigas, 29 de junio de 1957.


Disidencias

Las relaciones que mantuvieron entre sí algunos rehenes tupamaros encarcelados por la dictadura en las peores condiciones imaginables no fueron tan buenas como cuenta la leyenda. Jorge Zabalza le contó a un colega del movimiento (*): «En 1978 estábamos totalmente neuróticos. Estábamos los tres peleados. (Se refiere a él, Marenales y Sendic.) Las mismas reacciones que teníamos con los milicos las teníamos entre nosotros. (...) El Bebe nos colgó el tubo (no nos habló) durante un año». Julio Marenales fue más explícito en sus declaraciones. «Tenía reacciones irracionales. Habíamos reclutado en Paso de los Toros a un soldado que incluso le llevó mensajes a Tabaré Rivero en Libertad. El Bebe le pidió ácido para romper la pared. Le dije que no existía ácido, que disolviera el ladrillo y el Bebe se enojó con nosotros acusándonos de haberle dicho al soldado que no trajera ácido».

(*) Samuel Blixen, Sendic, Ed. Trilce, 2000.


Lacalle, según Larrañaga

Entrevistado por un semanario el senador Jorge Larrañaga, autodefinido en la nota como «difícil de arrear», juzgó de esta manera el gobierno de su correligionario Luis Alberto Lacalle: «Fue un gobierno que tuvo muchos aspectos positivos pero se perdió la oportunidad de haber sido un gobierno excelente por un defecto que a mi juicio tuvo, que es la excesiva vanidad en algunos de sus integrantes. (...) Creo que muchos aspectos positivos de su gestión fueron opacados por directa responsabilidad de algunos de los integrantes de su gobierno, que no desplegaron su acción con la humildad que el ejercicio del gobierno supone. Y encima de ello ciertos aspectos de corrupción que lo terminaron opacando»(*).

(*) Crónicas Económicas, 13 de junio de 2003.


Preocupación

El mismo día del golpe de Estado de 1973, el presidente Bordaberry (ya convertido en dictador) pronunció un discurso transmitido en cadena en el cual expresó: «Este paso que hemos tenido que dar no conduce y no va a limitar las libertades ni los derechos de la persona humana» (textual, subrayado del autor).



Los tupamaros jamás ganarán

De acuerdo a una opinión del ex presidente de la República doctor Julio María Sanguinetti, el Movimiento de Liberación Nacional no tenía la menor posibilidad de acceder al poder. En una entrevista que le realizara en 1986 el periódico Argentina News, editado en inglés en Buenos Aires, y recogido el 10 de marzo del mismo año por el diario Clarín, Sanguinetti declaró: «El movimiento tupamaro no tiene posibilidades electorales en Uruguay, ya que nunca tuvo una implantación popular importante. Los tupamaros fueron un movimiento de élite que no alcanzaron nunca simpatía ni penetración en los sectores populares del país. (...) Personalmente, creo que ni sus propuestas ni su pasado permiten pensar que puedan alcanzar un nivel de aceptación ni siquiera mínima en el país”.



Seriedad de la prensa

Es sabido que la prensa algunas veces informa, pocas forma y muchas más deforma. En 1835, el diario montevideano El Universal, que dirigía el militar e historiador Antonio Díaz, reprodujo una nota del Jornal do Comercio de Río de Janeiro que daba cuenta de que, en una población a dos leguas de la capital uruguaya llamada Dolores, un paisano había encontrado una piedra enterrada conteniendo palabras escritas en una lengua extraña. Al levantarla, halló un hueco y, dentro de él, dos espadas, un yelmo, un escudo y una ánfora. Se recurrió a un sacerdote de apellido Martínez, quien dictaminó que aquello era griego antiguo y decía: «Siendo rey de Macedonia, Alejandro, hijo de Filipo, en el año 63...» Se supo luego que la información había sido publicada antes por La Gaceta Universal de Bogotá –que la había tomado del Giornale del regno delle due Sicilie en su edición del 11 de junio de 1829– y reproducida en diarios de todo el mundo. En París fue leída por el doctor Teodoro Vilardebó, quien se apresuró a denunciar aquel dislate que daba por cierto que, dos mil años antes que Colón, los barcos de Alejandro Magno habían llegado a América. Se encargó de aclarar, al mismo tiempo, que no había ninguna población de nombre Dolores a diez quilómetros de Montevideo y tampoco existía ningún sacerdote de apellido Martínez.


Constitución proyectada

El 24 de abril de 1985, el jefe tupamaro Raúl Sendic propuso a su grupo político un esbozo de reforma constitucional, la primera de cuyas disposiciones transitorias se refería a la tierra. «Toda tierra que exceda las 2.500 hectáreas en propiedad privada no cooperativa, pasará de pleno derecho al aprobarse esta reforma a la propiedad del Estado quien la administrará por sí o la distribuirá entre colonos en forma cooperativa o de usufructo familiar mientras la puedan trabajar, cediendo en todos los casos una hectárea en propiedad para el asentamiento de cada familia de colonos».
El artículo 2 de las mismas disposiciones transitorias proyectadas, establecía que «Todas las instituciones privadas que capten o administren ahorro nacional, pasarán de pleno derecho a propiedad del Estado al aprobarse esta Reforma Constitucional»(*).


(*) Adolfo Garcé, Donde hubo fuego, Ed. Fin de Siglo, 2008.