Luego de la frustración del 58, una eliminatoria terrible donde la Selección conoció goleadas, tuve oportunidad de asistir al Mundial 62, sobre el cual envié notas para la revista Repórter y pude vivir el caos de cerca. No voy a referirme a la mala educación y los desplantes de algunos jugadores, felizmente pocos, que parecían enojados con el resto de la humanidad, porque hubo un hecho absolutamente insólito que desplazó la presencia de los malhumorados. Cuando los dirigentes se abocaron a la tarea de designar el técnico y como la falta de grandeza se pasea de un lado al otro, el delegado de Peñarol vetó a Scarone, entrenador de Nacional, y el de este club vetó a Hugo Bagnulo, técnico de Peñarol. Ante ese problema insoluble, se decidió que quienes dirigieran a la Selección fueran los dos y para que no hubiera problemas se designó a un tercero, Juan López, legendario técnico de la Selección del 50. (“Juan se quedó un poco dormido… era un muchacho buenísimo… Sus instrucciones fueron: bueno muchachos, un huevo en cada zapato y todos para adelante”, me contó Obdulio Varela en el reportaje antes citado). El hecho concreto e indesmentible fue que para dirigir esa Selección, hubo tres técnicos, que obviamente en muchas circunstancias, incluso la de la integración del equipo, diferían entre sí. En una oportunidad antes de un partido importante, no recuerdo cuál, los técnicos reunieron a los jugadores y le preguntaron uno a uno cómo creían que se debía jugar. Cada cual dio su opinión, criteriosa o no. Cuando llegaron a Luis Cubilla la respuesta de éste fue: “Yo no opino, opinen ustedes que para eso les pagan”. Lo presencié, nadie me lo contó. Fue una grosería, pero tenía razón.
En Inglaterra 66, todos nos enteramos, al regreso del periodista enviado por nuestro diario, que era Jorge Bazzani, de los problemas personales entre José Sasía y el técnico Ondino Viera.
La historia se alarga tanto que no cabe en los miserables 15.000 caracteres escritos al galope que me marcó como límite el editor. Se podrían mencionar al pasar los problemas de Luis Cubilla ahora como técnico con aquellos que jugaban en Europa, mal llamados “repatriados”, que respondían a Paco Casal y se negaron a integrar la Selección; o los que tuvo Víctor Púa, a quien algunos de sus jugadores concentrados en un hotel de Punta Ballena le pedían para ir a pescar y demoraban horas en volver, porque había buen pique entre sábanas ajenas.
Volvamos al comienzo. No me interesa destruir los mitos ni menospreciar las grandes alegrías, que por cierto ayudan a vivir a los pueblos. Yo tenía 20 años cuando los festejos del 50 y desfilé horas por 18 de Julio tomado del brazo de cualquier desconocido mientras cantábamos “De punta, de taco, le ganamos a los macacos”, dando al mismo tiempo una suerte de pataditas hacia delante y otra hacia atrás que a nosotros nos parecían graciosas y seguramente eran grotescas.
Pero festejar no quiere decir sumarse a quienes han alimentado desde Maracaná un culto a las omisiones y a las distracciones. En el Campeonato Mundial de Brasil, el máximo lauro de nuestro país en toda su historia deportiva, no participaron la URSS ni Francia ni Alemania ni Checoeslovaquia ni Holanda, privadas de su gente joven por una guerra que llevaba apenas cinco años de concluida y que había causado 50 millones de muertos, 40 millones de ellos por lo menos solamente entre la URSS y Alemania. Y por motivos políticos, tampoco participó Argentina, la gran favorita de la crítica especializada. Tampoco debería soslayarse algo que habitualmente se olvida: que en Uruguay no pudo ser citado Walter Gómez, el mejor jugador que quien esto escribe vio en su vida, porque en ese momento jugaba en otro país y la reglamentación no lo permitía. Pero no puedo menos de recordar que en una entrevista que le hice (Búsqueda, 19 de noviembre de 1987), Obdulio Varela volvió a decir que se había ganado de casualidad y que de cien partidos ganábamos uno, y que a la pregunta “¿Alguno de ustedes creía que se podía ganar a Brasil?”, contestó: “Ninguno de nosotros creía nada”.
Nadie calculó ahora, en 2010, el desborde de agradecimiento de la gente, integrando el mayor despliegue humano que se recuerde en el país, y que fue como la contracara de la poca confianza que se le tenía al equipo. Porque exactamente en eso consistió el estallido de alegría. Se habían sucedido dos generaciones, tal vez tres, acostumbradas al fracaso, resignadas a las derrotas, soñando con los ecos victoriosos sí pero ya medio deteriorados, que les eran transmitidos por sus padres y sus abuelos. Escuché en un canal argentino, dicho con evidente sorna, que el pueblo uruguayo se había lanzado a la calle como nunca en su vida a festejar un cuarto puesto. Entendieron mal. Lo que se festejó con estruendo el día del regreso de los muchachos fue una auténtica resurrección. Después de cuarenta años de muerte aparente, de frustraciones, de permanecer en estado cataléptico exudando apenas viejas glorias, la Selección celeste resucitó. Por eso, aunque a todos haya parecido contradictorio, es lógico que los festejos de los españoles campeones fueran menores. Ellos apenas habían nacido. Nosotros, en cambio, habíamos resucitado.